La época que no tocó.

Actualmente me encuentro leyendo La Nueva Música Clásica del carnalazo José Agustín. Perderse entre sus líneas es viajar en el tiempo, tanto musicalmente como literario. Es descubrir la era del rock, de la rebeldía y de la juventud que buscaba expresar sus ideales, opiniones y sus creencias. Un tiempo en que la música no era coleccionismo era la forma de escuchar y descubrir nuevos horizontes musicales.

Mientras me empapo en sus párrafos y descubro un mundo musical casi inexistente, consumido por la era digital y superviviente en las líneas del gran primer crítico del rock en México, José Agustín, me doy cuenta que aunque intentemos revivir el pasado, jamás despertaremos las emociones de las épocas de antaño.

Podrá parecer obvio, pero con el “revival” del coleccionismo de vinilos, cassettes entre otros placeres simplemente queda en un acto de melancolía.

Ser coleccionista de vinilos hoy en día es ser un arqueólogo musical. Es informarse en el vasto mundo digital para encontrar esas huellas del pasado y emprender la búsqueda de esas joyas perdidas.(Consideró que es importante replantear el uso de la palabra “joya”, ya que hace no mucho mientras hacía digging, escuche a alguien decir que un disco de Alejandro Fernández es una joya).

Las tiendas de vinilos se convierten en puntos de excavación (digging) entre las interminables ediciones y colores que se ofrecen hoy en día. Otras joyas esperan en librerías antiguas, mercados y en algunas casas que se han olvidado de estos tesoros sonoros.

Mientras se realiza este viaje, las pupilas se estimulan con miles de portadas consumidas por el tiempo, que por unos segundos nos brindan el placer del descubrimiento.

La obviedad de este texto brilla en cada palabra, pero al leer las líneas del maestro José Agustín y su forma de descubrir música, hablar de ella, y esas anécdotas de sus escuchas musicales, me hace mover los sentimientos melómanos y la añoranza de una época que no tocó.

Escrito por Fercho Valdivia.

Como coleccionista de vinilos, me interesa la música más allá del sonido: su historia, su contexto y su influencia. Utilizo la fotografía y la lectura para profundizar en su evolución.

Insta: ferchovaldivia

Notas del 2024, un mensaje para los Howllers.

Este año fue un viaje a través de un vasto universo musical, donde los caminos me llevaron desde lanzamientos contemporáneos hasta joyas olvidadas que resucitan entre las estanterías de vinilos y los rincones más profundos del mundo digital. Mi lista de descubrimientos incluye títulos como:

  • Sorcerer – DEVOTION
  • Kaleta & Super Yamba Band – Mèdaho
  • Blood Incantation – Absolute Elsewhere
  • El Culto Del Ojo Rojo – El Viaje Del Hombre Prometeo
  • Kim Deal – A Good Time Pushed
  • Refused – The Shape Of Punk To Come
  • Chat Pile – Cool World
  • IDLES – Tangk
  • Violent Femmes – Violent Femmes
  • Spoon – Lucifer On The Sofa
  • The Budos Band – The Budos Band
  • Coffin Storm – Arcane

Como pueden notar, este recorrido abarcó géneros y épocas tan distantes que parecieran no tener conexión, pero el hilo invisible que une a estas obras es el árbol genealógico musical que todos compartimos. En algún punto de esta enredada red de influencias, una banda inspiró a otra, dejando una marca en la historia que hoy celebro desde mi tornamesa y unas cuantas playlists.

2024, además, fue un año peculiar para mi: uno cargado de melancolía que me llevó a buscar refugio en voces clásicas que susurran consuelo y nostalgia. Frank Sinatra, Dean Martin y Nat King Cole se convirtieron en compañeros frecuentes de mis noches solitarias, mientras que el Bolero Glam de Daniel, Me Estás Matando fue ese guiño moderno que conectó mis emociones con el presente. Sí, Howllers, me confieso un tanto amante del bolero glam, porque entre tanta distorsión y velocidad, siempre hay espacio para el romanticismo y melancolía.

Algunos de estos álbumes llegaron a mí en formato físico, como vinilos que ahora quedan a merced del polvo y del imparable «spinning» en esas tardes musicales, mientras que otros permanecen en lo intangible del mundo digital. Y es precisamente mientras escribo estas líneas que un pensamiento no deja de rondar mi cabeza: el coleccionismo, en estos tiempos, se ha convertido en una presión innecesaria para los melómanos.

En las redes sociales y las conversaciones entre coleccionistas, es común escuchar preguntas como: “¿Cuántos vinilos tienes?”, “¿A partir de qué número se considera una colección?”, “¿Qué modelo de tornamesa usas?” o “¿Qué bocinas tienes?”. Estas preguntas suelen venir cargadas de un juicio implícito, como si el nivel de tu pasión por la música dependiera de cifras o equipos técnicos. Pero, seamos sinceros: nada de eso importa realmente.

El verdadero espíritu de este pasatiempo –y de la música en general– radica en el disfrute puro: en ese momento en que compartes una canción, un concierto, o te reúnes con amigos para poner a girar un vinilo y simplemente dejar que las melodías fluyan. Es ahí donde reside la magia, no en la cantidad ni en la etiqueta de “melómano” o “audiófilo”.

Quizá estas palabras suenen románticas, pero no puedo evitar reflexionar sobre lo que la música me ha dado: grandes amigos y conciertos que hoy viven como mis mejores recuerdos. Esos momentos son el auténtico tesoro de este viaje sonoro, todo lo demás es solo ruido de fondo.

Escrito por Fercho Valdivia.

Soy coleccionista de vinilos y lector apasionado de temas relacionados a la música.

Insta: ferchovaldivia

Un nuevo horizonte para el periodismo musical.

Desde hace unos años he leído y escuchado que la industria musical está en decadencia en sus distintas aristas. La crisis abarca a todos los actores. Desde los artistas, disqueras, promotores hasta escritores y consumidores.

La música ha sido un objeto de enriquecimiento de antaño tal y como AC/DC dejó claro en Let There Be Rock; “The guitar man got famous, The business man got rich…” De la misma forma que ha venido sucediendo con la industria musical, todo gran imperio llega a su máximo antes de su decadencia.

A los despidos en Universal, Spotify y Amazon Music se suma la caída (venta) de Pitchfork, una estocada más que dejó vulnerable al periodismo musical.

Sobran razones por las que se puede decir que el periodismo musical ha perdido valor. La calidad de los temas y la misma selección de estos, son algunas de ellas.

Es importante considerar que los consumidores y las tecnologías han evolucionado y por ende el público moderno prefiere un video corto por encima de un blog o sitio web para descubrir nuevas bandas u opiniones musicales. ¡Ojo!, Eso no quiere decir que la redacción no funcione, solo no es el medio adecuado para las audiencias que buscan cubrir una necesidad inmediata. Esto tampoco quiere decir que el contenido corto en sí mismo sea malo pero vamos, la mayoría de lo que se consume hoy día no es bueno.

En este momento voy a romantizar un poco, pero quizá, lo que necesitamos es re aprender a disfrutar la música. Darle el tiempo suficiente a escuchar un álbum, leer una reseña o hasta un libro. De la misma forma como escritores, periodistas o comunicadores, debemos darle el tiempo a la creación.

Ahora bien, me parece que la “caída” de Pitchfork puede ser la oportunidad para que el periodismo musical replantee muchas cosas y permita abrir nuevas posibilidades a otros medios.

¿El periodismo musical está en crisis?, Sí, ¿va desaparecer?, no y la razón es que aún existe mucha música nueva por descubrir en un mundo digital y físico tan extenso que a veces es difícil encontrar algo, pero, justo es en ese punto en el que los blogs, sitios web, revistas (las que sobreviven) e influencers ayudan a filtrar y facilitar esa búsqueda.

Mientras la música no deje de sonar, las plumas no dejarán de redactar.

(Quiero agradecer al tocayo Fernz Robles por sus comentarios, correcciones y opinión en este tema. Muchas gracias por tus palabras.)

Escrito por Fercho Valdivia.

Soy coleccionista de vinilos y lector apasionado de temas relacionados a la música.

Insta: ferchovaldivia